Israel, cuyas credenciales democráticas brillan en Medio Oriente, está a punto de imitar a los países consumidos por la ola de populismo autoritario. El nuevo gobierno, encabezado por Benjamin Netanyahu, impulsará una reforma legislativa para dar al Parlamento la facultad de superar, por mayoría simple de los 120 miembros, las decisiones del Poder Judicial.

La iniciativa fractura la división e independencia de poderes imprescindibles para garantizar la democracia, prevenir el abuso de poder y proteger los derechos de las minorías. En un sistema parlamentario, como el de Israel, donde la mayoría de la legislatura está alineada con el jefe de gobierno, la iniciativa pone la posibilidad de escapar al control judicial en manos del ejecutivo.

Los jueces son por naturaleza un obstáculo para las inclinaciones autocráticas. La corte israelí se encuentra entre las más prestigiosas del mundo por su calidad e independencia. De ahí la urgencia de reducir su influencia. Junto a los ataques a la libertad de expresión, los ataques a la independencia judicial se encuentran entre los primeros y más reveladores síntomas del proyecto autoritario en sus diversas manifestaciones.

El fiscal general, Gali Baharav Miara, lo tiene claro. “Sin supervisión judicial o asesoría legal independiente, solo nos quedará el principio del gobierno de la mayoría y nada más. Una democracia de nombre, no de esencia”, protestó. El populismo de nuestros días se basa precisamente en ese principio, como si la democracia consistiera en la obediencia ciega a los dictados de la mitad más uno.

Esa falacia fue el sustento del chavismo mientras logró conservar el apoyo mayoritario, por ejemplo. Cuando la perdió, ya era tarde para restaurar las instituciones democráticas, y el Poder Judicial, “renovado” con la ayuda de las urnas y el irrespeto a las instituciones, sólo sirvió como garante de los caprichos del poder autoritario.

Las democracias modernas se distinguen por el respeto a los derechos de las minorías más que por la imposición de la voluntad de la mayoría, pero el populismo convierte a las urnas en la única fuente de legitimidad. Con la mayoría detrás de sus reclamos, las inclinaciones autoritarias amenazan la legitimidad que le confiere el resto del andamiaje democrático, construido precisamente para evitar la dictadura de las mayorías.

En esta materia, como en otras, hay matices y límites impuestos por la ley, la tradición y las aspiraciones de los ciudadanos. Israel está lejos de caer en la peor versión del populismo. Existe una oposición vigorosa y un marco constitucional fuerte, pero no se debe ignorar la amenaza de iniciativas como la planteada para disminuir el papel del poder judicial. Tampoco la advertencia del fiscal general.

Como mínimo, las pretensiones del nuevo gobierno son un mal ejemplo y una coartada para el autoritarismo en el resto del planeta. En la composición de la sociedad israelí hay otros motivos de preocupación. La nueva coalición de gobierno, por ejemplo, incluye fuerzas políticas ortodoxas convencidas de la corrección de sus creencias hasta el punto de aspirar a imponerlas. Son grupos minoritarios, pero como miembros de la mayoría gobernante, su influencia supera su número.

También hay israelíes de origen árabe. Son la quinta parte de la población, es decir, una minoría de tamaño muy considerable, cuya principal manifestación política parte de la comprensión de la naturaleza del Estado de Israel y formaron parte del gobierno de unidad nacional presidido por Naftali Bénet. Hay razones para esperar que el país mantenga su fidelidad a los principios adoptados desde su inauguración. Esperemos que este sea el caso por el bien de Israel y la democracia.

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By Nacion

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